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Chesterton vivió los años que melancólicamente se denominaban fin de siglo;
en un poema dedicado a Edmund Bentley declara “El mundo era en verdad muy viejo
cuando nosotros éramos muy jóvenes”. De ese obligado abatimiento inicial le
salvaron Whitman y Stevenson. Algo quedo en él, sin embargo, que propendía a lo
horrible; la más famosa de sus novelas, el hombre que fue jueves, se subtitula
Pesadilla.
Hubiera podido ser un Egdar Allan Poe o un Kafka; prefirió –debemos
agradecérselo- ser Chesterton.
En 1919 publicó un poema épico, la balada del caballo blanco, sobre las
guerras de Alfredo el grande con los daneses. Ahí hallamos la extraordinaria
comparación: “Mármol como luz de luna maciza, oro como un fuego congelado”. Otro
poema define así la noche: “Una nube mayor que el mundo y un monstruo hecho de
ojos”. No menos admirable es su Balada de Lepanto, en la última estrofa el
capitán Cervantes envaina la espada y sonríe pensando en un caballero que
recorre los infinitos caminos de Castilla.
Su obra más famosa la constituyen los cuentos del Padre Brown. Cada uno de
ellos sugiere un hecho fantástico, que luego se resuelve racionalmente.
En el siglo XVII, la paradoja y el ingenio habían sido empleados contra la
religión; Chesterton los usó para su defensa. Su apología de la fe cristiana,
Ortodoxia (1908), ha sido vertida admirablemente al español por Alfonso Reyes.
En 1922 pasó de la Iglesia Anglicana al catolicismo. Entre sus estudios
críticos citaremos los dedicados a San Francisco, a Santo Tomás, a Chaucer, a
Blake, a Dickens, a Browning , a Stevenson y a Bernard Shaw.
Escribió asimismo una espléndida historia universal, cuyo título es El hombre
eterno. Su obra total supera la cifra de cien volúmenes. Bajo sus bromas hay una
profunda sabiduría. Su corpulencia era famosa; se cuenta que en un ómnibus
ofreció su asiento a tres damas. Chesterton, el escritor más popular de su
tiempo, es una de las figuras más simpáticas de la literatura”
(*) “Introducción a la literatura inglesa”
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