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ACERCA DEL CENTENARIO DE
“HEREJES” El 6 de junio de 1905, la editora John Lane
de Londres publicó “Heretics”, del joven periodista y poeta Gilbert Keith
Chesterton.
Herejes fue, en el momento de su aparición un éxito
editorial y una piedra de escándalo. Cinco años antes, Chesterton se había dado
a conocer como ensayista en “The Defendant”, que reunía trabajos redactados para
el periódico “The Speaker”. Ese primer libro presentaba al novel escritor en una
serie de defensas polémicas de temas desacreditados por el ambiente agnóstico y
materialista de fin de siglo: “en defensa de los votos audaces”, “en defensa de
la fealdad”; “en defensa de la humildad”, “en defensa de las novelas
sensacionales”, etc.
Para 1905, Chesterton ya había sostenido (en 1903) una
vibrante polémica con Mr. Blatchford, un enconado defensor del ateismo, que lo
había lanzado a la notoriedad en la batalla intelectual de la época.
“Herejes” representa un paso adelante en el desarrollo de
sus ideas filosóficas y religiosas, y una sorpresa para todos los que lo seguían
con agrado como un brillante y ligero autor de paradojas sorprendentes y frases
ingeniosas.
Es una obra que no ha tenido la difusión posterior de otras
suyas y después de la polémica que suscitó su aparición, ha sido injustamente
olvidada.
La confusión habitual con respecto al sentido y la verdadera
intención del autor, se hace aguda en “Herejes”, tanto por parte de sus
detractores como de los admiradores del genial escritor inglés, aún en trabajos
de reciente aparición.
En este libro que establece los fundamentos de su posición
filosófica, Chesterton expone por primera vez la tesis según la cual fueron los
librepensadores los que lo llevaron a la ortodoxia.
Pero los agudos y profundos estudios críticos sobre los que
GKC llamaba ”herejes” (como dice en su prólogo, “herejes son aquellos que
tienen el atrevimiento de diferir con mis opiniones”), Bernard Shaw,
Rudyard Kipling, H.G. Wells, James Mc Neil Whistler, Tolstoy, Ibsen y otros
victorianos olvidados hoy en día (Mac Cabe, George Moore, Lowes DIckinson) no
constituyen, en realidad, la esencia y el motivo de su prosa combativa; son mas
bien sus instrumentos.
Toda la obra es un apasionado alegato para despertar a su
época de la enfermedad del escepticismo, el relativismo moral, el hedonismo y el
rampante materialismo. En ese sentido la clave del libro la dan el primer
capítulo “Observaciones introductorias sobre la importancia de la Ortodoxia” y
el brillante ensayo que lo cierra, “Observaciones finales sobre la importancia
de la Ortodoxia”.
Dice al comenzar el libro:
“..Pero hay una cosa mucho más absurda y poco práctica
que quemar a un hombre a causa de su filosofía. Es este hábito de decir que la
filosofía no tiene importancia alguna, que se practica universalmente en este
siglo XX en la decadencia del gran período revolucionario. Por todas partes se
condenan las teorías generales; se descarta la doctrina de los Derechos del
Hombre junto con la Doctrina de la Caída. El mismo ateismo es demasiado
teológico para nuestro tiempo. La revolución es todavía demasiado sistemática;
la libertad demasiado restrictiva. No aceptaremos generalizaciones; Mr Bernard
Shaw lo ha dicho en un perfecto epigrama: la regla de oro es que no hay regla
de oro. Cada vez discutimos más en detalle acerca del arte, la política o la
literatura. La opinión de una persona sobre Botticcelli es importante; su
opinión sobre los tranvías es importante; su opinión sobre el todo no importa
en absoluto. Puede explorar un millón de objetos, pero no puede encontrar ese
extraño objeto, el universo; porque si lo hace tendría una religión, y estaría
perdido. Todo importa…excepto todo”
En sus conclusiones, Chesterton asume por un momento como
posible la teoría del progreso de la mente humana (“si la mente humana
puede avanzar o no, es algo muy poco discutido, y no hay nada tan peligroso como
fundar nuestra filosofía social en una teoría que es discutible pero no ha sido
discutida”) pero observa que la manera en que se entiende ese progreso
en nuestra época, es totalmente equivocada:
“El vicio de la moderna versión del progreso de la
mente es que siempre se lo liga a deshacer lazos, borrar fronteras, desechar
cualquier dogma. Pero si existe algo que pueda llamarse progreso mental debe
ser un crecimiento hacia convicciones cada vez más definidas. El cerebro
humano es una máquina para sacar conclusiones, y si no puede arribar a ellas,
se oxida. Cuando oímos hablar de alguien demasiado inteligente para creer,
estamos oyendo algo que casi tiene el carácter de una contradicción de
términos. Es como si dijéramos de un clavo que es demasiado bueno como para
sostener un cuadro, o de una cerradura que es demasiado fuerte como para
mantener una puerta cerrada. Es casi imposible definir al hombre, según la
frase de Carlyle como el animal que hace herramientas; las hormigas los
castores y muchos otros animales construyen herramientas, en el sentido en que
fabrican construcciones. En cambio el hombre puede ser definido como un animal
que hace dogmas. Cuando apila doctrina sobre doctrina y conclusión sobre
conclusión en la formación de un tremendo sistema filosófico o religioso, se
vuelve, en el más legítimo sentido de la palabra, cada vez más humano. Cuando
abandona una doctrina detrás de otra, en un refinado escepticismo; cuando
declina atarse a un sistema, cuando dice que ha crecido espiritualmente frente
a las definiciones, cuando afirma que descree de los fines, cuando en su
propia imaginación se establece como Dios, sin mantener ningún tipo de credo,
pero contemplándolos a todos, por este mismo proceso se hunde cada vez más en
la vaguedad de los animales migratorios y en la inconsciencia de la hierba.
Los árboles no tienen dogmas. Los tulipanes tienen una singular amplitud
mental”
Y es por esta razón que ha elegido como puntos de apoyo de
su libro, a los artistas con los que en él polemiza:
“De casi todos los capaces escritores modernos que he
estudiado brevemente en este libro, es especialmente cierto que cada uno de
ellos tiene un punto de vista constructivo y afirmativo, y que lo toman
seriamente y piden que los tomemos en serio. No hay nada meramente escéptico y
progresista en Mr. Rudyard Kipling. Mr Bernard Shaw no es en lo más mínimo una
mente amplia. EL paganismo de Mr Lowes Dickinson es más grave que cualquier
cristianismo. Aún el oportunismo de Mr H.G. Wells es más dogmático que el
idealismo de cualquiera: Alguien se quejó a Matthew Arnold de que estaba
siendo tan dogmático como Carlyle, y este replicó: 'Puede ser verdad; pero
usted no repara en una obvia diferencia; Yo estoy dogmáticamente en lo cierto
y Mr Carlyle está dogmáticamente equivocado'…De la misma manera yo sostengo
que estoy dogmáticamente en lo cierto y Mr Shaw está dogmáticamente equivocado.
Pero mi argumento principal, al presente, es hacer ver que los más importantes
de los escritores que he discutido se ofrecen muy sana y valientemente como
dogmáticos fundadores de un sistema. Puede ser cierto que lo que más me
interese de Shaw es que está equivocado. Pero es igualmente cierto que la cosa
que mas le interesa a Shaw de si mismo es el hecho de que está en lo cierto.
Mr Shaw puede no tener a su lado a nadie más que a si mismo; pero no le
importa nada de si mismo. Su interés es la vasta y universal iglesia de la que
él es el único miembro”
Chesterton señala con fuerza que los personajes que estudia,
solos frente a la decepcionante mediocridad del mundo moderno, por ser los más
aguerridos dogmáticos, son a la vez los mejores artistas:
“Los mejores cuentos cortos los escribió un hombre que
trataba de predicar el Imperialismo. Las mejores obras de teatro la produjo
otro hombre que intentaba predicar el Socialismo, Todo el arte de todos los
artistas parecía mezquino y tedioso en comparación con el arte que era un
subproducto de la propaganda. Y la razón es muy simple. Un hombre no puede ser
lo suficientemente inteligente para ser un artista, sin serlo también como
para ser un filósofo. Un hombre no puede poseer la energía necesaria para
producir buen arte sin tener la energía como para desear sobrepasarlo. Un
artista mediocre se puede contentar con el arte; un gran artista no se
contenta con nada, excepto todo. Y se preocupan más, y desean que nosotros nos
preocupemos más por sus sorprendentes y arrebatadores dogmas que por su
sorprendente y arrebatador arte. Mr Shaw es un gran dramaturgo, pero nada
desea más que ser un buen político. Rudyard Kipling es por capricho divino y
genialidad natural un poeta fuera de lo común, pero lo que desea más que nada
en el mundo es ser un poeta convencional. Desea ser un poeta del pueblo, carne
de su carne y hueso de sus huesos…Habiéndosele concedido por los dioses la
originalidad, es decir, el desacuerdo con los demás, desea divinamente estar
de acuerdo con todo el mundo”.
Todo el recorrido del libro intenta demostrar la exactitud
de estas premisas, para arribar a una conclusión que es una vehemente
exhortación al mundo moderno:
“Las verdades se convierten en dogmas en el instante en
que son disputadas. Así, cada hombre que proclama una duda, define una
religión. Y los escépticos de nuestro tiempo no destruyen en realidad las
creencias, mas bien las crean, confiriéndole sus límites y formas desafiantes.
Los que somos liberales, una vez tomamos ligeramente al
Liberalismo como un truísmo. Ahora ha sido puesto en duda, y lo mantenemos
fieramente como una fe. Los que creemos en el patriotismo, una vez pensamos
que era razonable, y no pensamos más en él. Ahora sabemos que no tiene nada de
razonable, y por eso es justo. Los que somos cristianos, nunca supimos del
enorme sentido común filosófico que es inherente a ese gran misterio, hasta
que los anticristianos nos lo señalaron.
La gran marcha hacia la destrucción de la mente
continuará. Todo será negado Todo se convertirá en un credo. Es una razonable
posición: negar la existencia del empedrado de la calle. Será un dogma
religioso mantener su existencia. Es una tesis racional decir que todos
vivimos un sueño; será un acto místico de salud mental afirmar que estamos
despiertos. Se encenderán hogueras para atestiguar que dos y dos son cuatro.
Se desenvainarán espadas para probar que las hojas son verdes en primavera.
Nos dejarán solos defendiendo no sólo la increíble virtud y cordura de la vida
humana, sino algo mucho más increíble todavía: este enorme e imposible
universo que nos mira a la cara. Pelearemos por prodigios visibles como si
fueran invisibles. Miraremos a la imposible hierba y a los cielos con un
extraño coraje. Seremos de aquellos que han visto y, sin embargo, han creído”.
Esta obra juvenilmente impetuosa es, a la vez, un excelente
ejemplo de esa inimitable cualidad que resplandeció en la vida y la obra de
Chesterton: el respeto y la simpatía por sus opositores en el campo de las
ideas, y el admirado y humilde reconocimiento de la belleza y el arte allí donde
se manifiesta. En otra oportunidad dijo que la doctrina del pecado original era
la mejor de las buenas noticias, porque nos permitía reconocer que el hombre y
el universo son buenos por ser criaturas, y al reconocer la existencia del
Maligno, liberarnos del peso intolerable del mal, por el sacrificio redentor de
Jesucristo. En “Herejes” se manifiesta que más que una teoría, esto era una
realidad que vivía con particular lucidez. Cuando su juicio se vuelve más duro y
enconado, al tratar el arrogante escepticismo de Whistler, no deja por ello de
considerarlo un gran hombre, y lo define así:
“Para las mentes verdaderamente grandes, aquello en lo
que los hombres están de acuerdo es tan inconmensurablemente más importante
que aquello en lo que difieren, que, para todos los efectos prácticos, las
diferencias desaparecen…El gran hombre de primera clase, es aquél que es igual
a los demás hombres, como Shakespeare. El gran hombre de segunda clase, es
aquél que se arrodilla frente a los demás hombres, como Walt Whitman. El gran
hombre de tercera categoría, es el que es superior a los demás hombres, como
Whistler”.
Al cumplirse este año el centenario de “Herejes”, volvemos a
sus páginas y contemplamos admirados la palpitante actualidad y la apasionada
urgencia que conservan.
Horacio Velasco Suárez
“I
saw the youngest face in all the spheres”
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